Una naranja.
Relato breve en dos partes: la emoción y la explicación
Parte 1/2
Volvía de Barcelona, ¿o era de Madrid?
De vuelta a mi casa familiar, de estilo rústico, situada al final de un camino de eucaliptos y viñas. A seiscientos metros sobre el nivel del mar, en la isla.
Algunos árboles frutales y aromáticas componían la vista desde el salón. Una visión dolorosamente alegre.
Al entrar a la cocina vacía vi una naranja entera sobre la mesa, resaltando en el gris y el marrón. Naranja, por definición.
Ahí puesta, con su ignorante gravedad.
¿Es para mí? No sé, no hay nadie. No se oye nada.
Estoy sola.
Huele a azahar, a almíbar y a corriente.
(Aire, entra, por favor).
Mi abuela se comía las naranjas muy concentrada.
En un acto mecánico… ¿de autocuidado?
O de disfrute, moderado.
Pero yo no estoy disfrutando, estoy rabiosa, como la Peluso1.
Paso los dedos por todos sus poros dilatados.
Piel con piel.
Salvaje.
La cáscara.
No hay prisa, pero sí certeza.
Clavo la uña.
Es una promesa.
Arranco y despellejo.
Toda pedazos.
Arañando, desgarrando.
Sin pauta ni patrón.
Se desvela el interior disforme y caótico.
Se me cuelan las gotas por el dorso de la mano.
Se deslizan por el brazo hasta llegar al codo.
shhh
Cierro los ojos, tomo aire.
Azahar
Almíbar
Alisios
Atención
Aire
¿Amor?
Parte 2/2:
Hacía más de diez años que no me comía una naranja entera, aunque siempre me haya gustado el sabor.
Cuando vivía en la gran ciudad, tomaba la inmediatez y la comodidad por emblemas. A veces, me comía una mandarina, fácil de pelar, una operación de menos de seis minutos.
Prefería tomar zumo. Beber en lugar de masticar. A poder ser, directamente en algún bar donde no hubiese cola.
Además, la pulpa siempre me ha parecido muy molesta, con todos esos grumos; es, en efecto, una experiencia incontrolable; y a mí siempre me ha gustado tenerlo todo bajo control.
Pero con vitaminas, eso sí, ¡tomémoslo enseguida!, no vaya a ser que se vayan volando a otro lugar más interesante…
Pero entonces la vida se para de golpe.
Por algo ajeno a ti. Algo fuera de tu control. Algo doloroso. Algo sin remedio.
Y te pones a pensar.
¿Tan aceleradas vivimos si (creemos que) no hay tiempo para comer una —UNA— naranja entera?
Sé que las empresas diseñan para facilitarnos la vida, bueno, por su rentabilidad económica, ya me entiendes. Y eso está bien, pero filosóficamente ¿es realmente necesario que alguien me pele una naranja y me la meta en un bote?
Además, al parecer es mejor comer la fruta entera, por algo así como que la fibra ayuda a asimilar la cantidad de azúcar. Y porque que la idea de beberte del tirón siete naranjas exprimidas sencillamente no tiene sentido.
Parece lógico.
Ninguna persona se come tantas naranjas naturales de una sentada (si tiene que pelarlas).
Por todo esto escribo hoy unas líneas de desahogo que circunferencian esta merienda común.
Por eso y porque cuando los cimientos se rompen, las estructuras se transforman y el suelo cae a nuestros pies, nos da por repensar la vida, resignificando cada gesto cotidiano y creando nuevas solideces en las que apoyarnos.
Quiero sentirme autosuficiente, conectada con el fruto, sus pielecillas y sus semillas. Quiero poder estar cómoda con la pulpa y el desorden, con la incertidumbre. Con la imperfección.
Ahora soy yo, sola, en esta casa vacía. Ahora soy yo, como persona adulta, quien desprotege el jugo divino utilizando mis propias manos. ¡Qué bendición!
Quiero comprar esa naranja, pisar el mismo suelo. Llenarme el pecho de alisios, enterrar los tobillos entre campos de trebolinas y mojarme los hombros al sol. Y comer con todos los sentidos.
La receta es sencilla.
Es solo una naranja.
Referencia a la canción “Rabiosa” de Naty Peluso






